jueves, 10 de septiembre de 2015

Deshielo y llegada a tierra nueva

Larga ha sido la travesía que en dos direcciones simultáneas me deja ahora en ínsula tan extraña. La dialéctica de la luz y la sombra, solsticio y equinoccio, cielo y mar, día y noche. Deshecho el suelo de hielo que me porta desde la amada Groenlandia, ahora tan lejana. Salto a tierra, hambriento, consciente de la situación, preparado para el último combate, dispuesto a llevarme por delante a todos mis enemigos: último ejemplar de mi especie, del linaje de los indestructibles, la rabia me ha mantenido con vida en este trozo de hielo sobre las olas. Si los viles que gobiernan supieran de mi llegada, temblarían de pavor. No saben lo que les espera, no conocen la violencia de mi zarpa, el inquebrantable cerrojo de mi mandíbula, la velocidad de mi asalto. Atrás quedan las noches de seis meses y los días interminables, las sabrosas inuit con sus juegos de garganta, las focas con las que dancé bajo el hielo, entre las aguas negras de mi infancia, la lectura interminable de las nubes, el manto blanco de los orígenes. Todo deshecho por la codicia de tantos miserables que, en sus juntas de accionistas, deciden que el mundo es un juego de cartas.


Desembarco al norte de esta isla que me acoge sin conocerme, que ignora profundamente mi origen, como tantas otras cosas. El Atlante de Gallardo me recibe, con desconfianza, mudo sobre su volcánico pedestal. Trepo por el acantilado sin ser visto por los conductores de la autovía. Los años de lucha contra los cazadores me han enseñado el arte del camuflaje, que aun tendré que perfeccionar en esta tierra cercada por las aguas, donde el enemigo puede aniquilarte con facilidad si llamas mucho la atención. Bien lo saben los huesos de aquellos habitantes primeros que vieron llegar las naves del godo y que sucumbieron ante la furia de los arcabuces tras largos años de cruenta batalla. Habré de mudar la piel, cambiar los ojos, aprender el acento, la música, transformar el color de mis pasos, la temperatura del habla. Nadie notará nada.



Habré de encontrar una cueva, lecturas que sustituyan a las nubes, amigos que me den cobertura, canales para cumplir mi venganza. A partir de aquí todo es nuevo, llegó el deshielo, se cumplen los presagios. Un televisor, conexión a internet, agua, comida y luz, como cualquiera de ellos, como todos los que aquí trabajan. Ya asciendo por el barranco de la Ballena, cruzando la circunvalación a grandes saltos, dejando atrás el Hospital Doctor Negrín, rumbo a la ciudad alta. Aquí empieza la batalla, en este año de elecciones, sin mucha esperanza, sabiendo que, a grandes rasgos, está todo perdido pero, aun sin poder consumar la victoria, aun sabiendo lo parco de la más optimista ganancia, lo insípido de cualquier logro, por puro gusto, habrá que hacer morder el polvo a los fachas.